Seamos, la lectora o lector y yo, rigurosos. Admitamos que, como
dictaminaron los tribunales alemanes haciendo que se retiraran,
es una exageración llamar "asesino del clima"
al Presidente de Volkswagen, Ferdinand Pieck, como unos ecologistas
hicieron a finales de 1994 poniendo en las capitales alemanas
una foto suya en 36 grandes vallas publicitarias que subrayaban
su sonrisa con su bautismo como asesino medioambiental.
Seamos, repito, rigurosos. Parece evidente que si los fabricantes
de automóviles son "asesinos del clima" habría
que acusarles, siendo serios, de ese delito en dos muy concretas
categorías de autoría: la de "cooperador necesario"
y la de "inductor". Toda vez que los auténticos
ejecutores del "asesinato" serían, evidentemente,
los centenares de millones de personas que en el mundo han comprado
y usan vehículos de motor.
Porque es claro que no bastaría para "asesinar el
clima" con que unas grandes empresas se dedicasen a fabricar
millones y millones de vehículos contaminantes si al hacerlo
no estuvieran seguras, como lo están, de que habrá
millones y millones de personas decididos a comprárselos
y a usarlos.
La cuestión clave es que esos fabricantes "fabrican
los compradores" a la vez que fabrican los coches que
les venden. Fabrican compradores alienando a los ciudadanos.
Todo el secreto de esa alienación consiste en haber conseguido
que miles de millones de personas en todo el mundo definan como
reales, como verdaderas, cosas que son falsas. Estas cosas: 1)
que el coche es el bienestar y la comodidad; 2) que el coche es
la libertad: 3) que el coche es el prestigio; 4) que el coche
es el poder, la potencia; 5) que el coche le hace a una (o uno)
ganar tiempo y vencer la distancia; 6) que el coche es el otro
yo del hombre de hoy; 7) que el que tiene un coche amplía
su horizonte vital y cultural; 8) que un coche es el reflejo de
la personalidad del que lo compra; 9) que cuando se compra un
coche se compra un sueño; 10) que cuando se compra un coche
se compra una ilusión.
Debo insistir muy enérgicamente a la lectora o lector que
no importa nada que esas cosas sean mentiras (que lo son).
El teorema de Thomas, clave en la Sociología del Conocimiento,
nos ha enseñado que "Si los individuos definen
las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias".
No importa nada que, como hemos visto en estas páginas,
el coche lejos de ser la libertad y de hacer ganar tiempo y vencer
la distancia lo que haga sea encadenar mil o dos mil horas anuales
a su propietario y le haga llegar tarde y mal a su destino. Si
los individuos definen como real que es la libertad y que les
hará ganar tiempo será real en su mente y se lo
comprarán precisamente por esas (falsas) razones.
Es muy importante que la lectora o lector entienda que los fabricantes
no venden coches porque sean seguros o elegantes
o poderosos o duraderos o lujosos o confortables o económicos
o divertidos o fáciles de conducir o cómodos o espaciosos
o baratos o fáciles de pagar. Sino porque la gente que
los compra DEFINE que son así, SE CREE que son así.
Es decir, venden porque el Teorema de Thomas funciona. Como funciona
la Ley de la Gravedad.
Tenemos pruebas de que se ha conseguido efectivamente que miles
de millones de personas definan como reales, como verdaderas,
cosas falsas. La primera, apodíctica, irrefutable, es el
hecho de que se han vendido ya más de mil y más
de dos mil millones de coches. Pero tenemos otras pruebas. Por
ejemplo las aportadas por las entrevistas biográficas en
profundidad en las que se ha constatado la progresiva usurpación
por el automóvil (en realidad por la posesión del
carnet de conducir) del básico papel social del rito de
iniciación para pasar de la adolescencia a la condición
de adulto. Igualmente significativo ha sido comprobar que todas
las fechas que se refieren a la compra de coches y a la sucesiva
posesión de diferentes modelos o marcas permanecen en la
memoria de los compradores con sorprendente exactitud y facilidad
de evocación, mucho mayores que para otros acontecimientos
personales o familiares teóricamente mucho más importantes.
O comprobar la vivencia que se tiene de que la posesión
o disponibilidad de uso del coche reflejan y sobre todo instituyen
el lugar que en la jerarquía interna de una familia o clan
se ocupa.
Hace ya más de treinta años del estudio pionero de Ernst Ditcher sobre las motivaciones del consumidor. Leyéndolo hoy siguen siendo asombrosamente válidas sus formulaciones siempre que se entiendan no tanto como motivaciones del consumidor sino como motivaciones inducidas en el consumidor. Leámosle: "Los automóviles son símbolos, no meros medios de transporte...El automóvil es la bota de siete leguas del cuento, que conquista en un día el espacio que antes llevaba una semana...La varita mágica posiblemente representa en la forma más pura el significado original del auto. Es un poder absoluto...Durante largo tiempo el auto fue un símbolo de éxito semejante a la espada del caballero: mientras más pesada, cara y cubierta de joyas, con más elocuencia expresaba el poder oculto del guerrero...El deseo de destruir y el miedo a la muerte son muy fuertes en nuestra personalidad. El auto permite trasladar esos deseos ocultos a una realidad peligrosa...Al rodearnos con el pesado caparazón de acero de un automóvil grande, retornamos al vientre materno, nos sentimos protegidos y encantadoramente seguros...". (53)
¿Como se ha convencido a miles de millones de personas de
que son verdaderas, reales, aquéllas cosas falsas sobre
los coches? ¿Cómo se les han inducido esas motivaciones?.
Por supuesto, mediante la publicidad. Los fabricantes de automóviles
son clientes clave de los publicitarios y de los medios de comunicación
que publican o emiten sus anuncios. ¿Necesito detallar a
la lectora o al lector que los fabricantes de automóviles
ocupan los primeros puestos y el grueso de los diez primeros por
el volumen de inversión en publicidad en diarios, en suplementos
dominicales, en vallas publicitarias, en cadenas de radio y televisión
y en revistas?. Estoy seguro de que no. La lectora o el lector
están en el mundo y ven, leen y oyen eso por sí
mismos.
Basándome en ese seguro conocimiento invito ahora a la lectora o lector para que recuerde cómo esa publicidad utiliza como gancho precisamente el carácter mortífero del automóvil. Por ejemplo escogiendo como nombres de modelos los de Wildcat (gato montés, arriesgado), Fury (furia, frenesí) o Marauder (merodeador, depredador). Por ejemplo, utilizando las visuales identificaciones de modelos con guepardos, leones, rinocerontes.
Es imprescindible advertir que para el éxito de la alienación
automovilística tan importante como todo ese esfuerzo publicitario
ha sido el hecho de que el cine estadounidense haya dominado y
domine aplastantemente en los locales de exhibición de
películas y en las televisiones de todo el mundo. Porque
las películas y los telefilmes estadounidenses están
llenos de coches. Y ha sido así como miles de millones
de personas en todo el mundo han visto los coches y su uso y se
han fascinado con ellos. Tengo la personal y vívida experiencia
de que es así desde hace treinta años. Desde que
en la capital peruana, en Lima, todavía traumatizado por
la contemplación de millones de personas hacinadas en míseras
chabolas que escalaban las laderas de los Andes, entré
en un cine barato para ver una excelente película que la
dictadura franquista me había vedado ver. La magia de la
película no me impidió anotar la impresión
que me produjeron las caras extáticas de admiración
y envidia de mis vecinos de butaca ante las frecuentes apariciones
en la pantalla de los coches (y de los frigoríficos, las
cocinas y las lavadoras).
Por otra parte ¿puede alguien asombrarse de que los medios
de comunicación cuya vida depende muchas veces de los anuncios
de la industria automovilística hayan silenciado o minusvalorado
o disimulado como lo han hecho y hacen las informaciones y los
datos sobre las gigantescas proporciones de la matanza de seres
humanos por los automóviles o sobre los daños y
el despilfarro que suponen?
Así es como la alienación automovilística se ha instalado en millares de millones de habitantes del planeta. Convenciéndoles de que es bueno y deseable gastarse cientos de miles, millones de pesetas en comprar una máquina que está diseñada y fabricada para que tenga que ser reemplazada en 36 ó 48 meses. Y ocultando al conjunto de la población que (en una demostración más de que el mercado capitalista miente y falsifica la realidad y los costes) los usuarios de los automóviles sólo pagan entre el 60 y el 80% del coste real de ese uso, cargando el resto (construcción y mantenimiento de red viaria, servicios, daños por contaminación y destrucción de la Naturaleza y de sus recursos, accidentes, etc, etc, etc) al conjunto de la sociedad. (54)
La pregunta que ahora hay que hacerse es ésta: ¿cómo y por qué pueden los fabricantes de automóviles realizar el gigantesco gasto necesario para implantar y mantener esa alienación?. Evidentemente porque su negocio se lo permite, porque son los propios compradores los que al pagar el coche pagan los anuncios que les alienaron para que lo comprara. Y los beneficios que permiten a los fabricantes comprar la voluntad de los gobiernos y de los parlamentos para impedir que se implanten las medidas legislativas y ejecutivas que serían imprescidibles para salvar las vidas de los ciudadanos y la integridad del Medio Ambiente amenazadas y agredidas por los automóviles.